DULCE MOMENTO- Relato escrito por Alfonso Cañizares Cimadevilla


Nuevamente Alfonso Cañizares nos sorprende con un relato extraordinario inspirado, esta vez, en mi obra "MÚSICA DE OTOÑO". ¡Qué lo disfrutéis!

(262) DULCE MOMENTO
-«C'est une chanson qui nous ressemble…»
La radio del taller emitía en esos momentos el estribillo de «Hojas muertas» cantada por Charles Aznavour, como si intuyera lo que Marimar estaba realizando en esos precisos instantes. Sus manos se detuvieron por un momento cuando la melodiosa letra alcanzaba sus oídos. Ella la tradujo instantáneamente mientras su voz tarareaba: «Es una canción como nosotros...»
La luz de la lámpara articulada dibujaba, sobre la blanca pared, un achatado semicírculo frente a ella. Por encima, la oscuridad remarcaba la linde entre la penumbra y las obras colgadas en el tabique. Olía al pegamento y al barniz de la composición que estaba rematando. El atardecer había caído ya hacía rato y aquellas sombras golpeando al otro lado del cristal de la ventana, no eran más que las ramas del árbol desnudo del jardín.
Se levantó de la banqueta al son de la música, dando así, un respiro a su espalda mientras marcaba unos discretos pasos de baile sobre las frías losetas que la sostenían desde otra firme oscuridad. Empezaba a hacer frío por lo que sorbió otro trago de chocolate caliente de su taza. Eso hizo que la obra tomara vida, se sentía como la máscara central del tablero, rodeada de pardas hojas otoñales. Jarra en mano, ejecutó artísticamente los pasos que la devolvieron a contemplar su obra, mientras la canción seguía resonando con dulzura entre las paredes de la habitación. La aterciopelada voz fue el pegamento que la unía a la composición recién acabada.
-«No te voy a titular Hojas Muertas...» -pensó Marimar- «¿Morir para renacer...?» -siguió imaginariamente conversando con la máscara-.
No eran títulos demasiado adecuados para una faz que fingía dormir plácidamente acurrucada entre la floresta otoñal dibujando una ligera sonrisa de bienestar. El viento ululó, una vez más, tras la ventana lo que ocasionó que en un acto reflejo, Marimar, se arrebujara aún más en su chaquetón de punto bebiendo otro poco más de chocolate.
-«¿Viento de Este...? Ese está mejor ¿No...?» -conversó nuevamente con su creación, pero en algún sitio ya había escuchado eso- «¿No era en Mary Poppins...?»
Un último y postrero sorbo la trajo de nuevo a la realidad; aunque no pudo evitar acariciar con sus dedos aquella cara de felicidad cuando dejó la taza sobre la mesa auxiliar. Le recordaba la cara de su madre cuando quedaba traspuesta tras un laborioso día.
-«¿El descanso de la guerrera...?» -se interrumpió mientras sus dedos posaban un beso sobre aquellas blancas mejillas-.
Con decisión, tomando un rotulador indeleble, firmó en una de las esquinas de la ocre madera. Sentía como sí velara los aletargados sueños de aquel nuevo ser que había creado. Esperaba que abriera los ojos pero no lo hizo. Suponía que debería esperar a la primavera para recibir la contestación precisa. Mientras, tendría que bautizarla... Desconocía por completo el título final.
Apagó la radio y su mano coronó el interruptor del foco permitiendo que la claridad del pasillo pusiera punto y final a ese día, a través de la puerta entornada. Se atusó los rizos y algo hizo girar su cabeza mientras la cerraba: juraría que aquella máscara había suspirado de placer, como si se tratara de un bebé cuando se abandona su habitación.
-«No es posible...» -pensó- «Todo es fruto del cansancio... Es sólo una careta inerte.» -concluyó-.
Lo que no duda es que, cuando ya cerraba el resbalón del picaporte, oyó claramente una voz como si estuviera en un duermevela. Cansancio, imaginación o pasión, nunca olvidará aquellas sencillas palabras: «'Música de otoño' me gusta más...».
Entonces supo que todo aquello que hicieran sus manos, terminaba por cobrar vida. Una vida entre ellas y su creadora, portadoras todas ellas del secreto del momento de nacer.
-De nada... -susurró Marimar en contestación a un postrero «Gracias» oído- Hasta mañana...
© Alfonso Cañizares C.
Dedicado a Mar Anton,
escultora y ceramista.


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