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A una flor de ti- Relato de Alfonso Cañizares Cimadevilla

Alfonso Cañizares vuelve a la carga con otro relato, inspirándose esta vez en mi obra "Carmen", aquí os lo dejo, espero que lo disfrutéis.
"A UNA FLOR DE TI"
-¡Hola, Mariló! Otra vez estoy ante tu puerta y, supongo: otra vez la veré cerrada. No importa... casi lo prefiero así sabiéndote detrás de ella.
Sé que estás ahí: escuchándome en cada ocasión que llego aquí. Te imagino con la oreja pegada al otro lado intentando no respirar muy profundo; de otra manera te apartarías tapándote la boca con una expresión de miedo y risas. Tú siempre has sido así.
Le restas importancia a las cosas que la merecen y, por el contrario, te pones muy seria con temas que sigo entendiendo fatuos. Como en aquella ocasión... ¿Te acuerdas...? ¡Sí, mujer...!
Hacía poco que nos conocíamos y te llamé «Lola» por hacerme el ilustrado. -No todo el mundo sabe que «Mariló» es «Dolores»-. Tu enfado fue monumental y cuanta menos transcendencia le daba yo al asunto, tu disgusto progresaba como una locomotora echando vapores directamente hacia mí. ¡Qué tiempos!
Íbamos por la calle cogidos de la mano, como si no existiera el tiempo y todo se hubiera creado para nosotros dos... como si volviéramos a tener dieciséis años... Sé con certeza que estás sonriendo en estos momentos.
Yo te recuerdo con aquel vestido blanco estampado con unas pequeñas y vistosas flores que no llegaba a las rodillas. Entre dos tirantes, asomaba un escote recto aunque muy provocativo cuando interpretabas la escena de: «se me ha caído el pañuelo». ¡Dios! No eran los comienzos de tus senos, sino cómo los continuaba en mi imaginación.
Traviesamente, desde abajo, volvías la cabeza hacía mí y sabiéndote observaba, me guiñabas un ojo. A continuación, una vez incorporada, te reías diciéndome a la vez que me besabas: «¿Te ha gustado el aperitivo...? Otro día: más...».
Sabías perfectamente cómo «calzarme el zapato», manteniendo mi continua atención como un mago dispuesto a sacar un conejo de la chistera... Perdona, quizá está frase no sea muy acertada aunque pueda encerrar algo de verdad. Así anduvimos cuatro largos años de noviazgo. Entre «que te cojo por aquí» y entre «que me sueltes: no seas pesado».
Una vez casados, la situación no cambió mucho tras los tres primeros meses en los que se produjo «nuestro primer embarazo». De las noches en miércoles y sábados, pasamos al «ahora no» y a una nueva frase: «¡¡¡¿¿¿Con esta tripa...???!!! ¡Tampoco pienses que voy a hacerte eso!». En fin, lo importante es que no discutiéramos por nada.
Dirás que soy un... ¡Bueno! Eso que siempre me decías, pero no es cierto. Para lo poco que hablabas todo eran quejas y «nóes». También recuerdo nuestro primer beso. Todavía se me erizan los pelos cuando supe a qué sabían tus palabras de amor. Juguetonas, buscaban en mi boca las que no me dejabas articular, porque una cosa que te reconozco es tu pasión digna de monumento.
A ti se te marcaban dos duros puntos bajo el escote y a mí me procurabas un seguro dolor mientras fuimos novios. Después, jugábamos a estrenar juegos de cama... hasta que llegó «nuestro deseado embarazo». Fue entonces cuando descubrí que las flores mostaza de la sabana alta se «daban de tortas» con la bajera negra, por muy de seda que fueran. Cuando ya tenía un amplio memorándum de intentos y elementos de nuestro ajuar, comencé a leer el periódico del día anterior en la butaquita del salón. Ya sé que las dos de la madrugada no es una hora muy apropiada, pero conseguía aplacar mis juventudes con soporíferos artículos políticos.
Después llegó la niña. ¡Qué felicidad al verla! Poco me duró cuando me impusiste una severa cuarentena que más me parecía una condena por asesinato. Tras lo cual, de aquellos miércoles y sábados, pasamos a sábados alternos... alternos en meses, claro.
Por deriva, recalamos en tu extraña «hipersensibilidad epitelial» que me negaba cualquier tipo de abrazo o carantoña. Sabes que te sigo queriendo como el primer día y que con darte un fugaz pellizco en el trasero, me conformo. No sabes lo que disfruto sorprendiéndote por la espalda y ver como das ese respingo desenfadado... vigilando mis manos no fuera a ser que quisieran más, pero tu sonrisa la llevo dentro: aquí en el corazón, donde se guardan los recuerdos imborrables.
Hay que saber disfrutar de la vida y de estos pequeñísimos placeres, empalagándose con las diminutas ambrosías que nos depara el presente.
Por lo demás, todo ha ido «normal». La niña está a punto de acabar la carrera con buenas notas y nosotros... ¡Ya ves!
Yo a un lado de tu lápida y tú escuchando mis peroratas del otro lado. Pero eso sí: siempre, antes de irme, le doy un pellizquito al tallo de la rosa que la engalana... por si acaso me echaras de menos.
Yo a ti: mucho, mi vida. Seguiré estando, hasta que me muera, a una flor de ti.
© Alfonso Cañizares C.
Dedicado a Mar Anton,
modeladora y ceramista.

Comentarios

  1. Muchas gracias, Mar.

    Ha sido, como siempre, un enorme placer y un privilegio contar con otra de tus magníficas obras.

    Un beso.

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