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EL RACOR DE LA MANGUERA-Escrito por Alfonso Cañizares Cimadevilla

Nuevo y precioso relato escrito por Alfonso Cañizares Cimadevilla inspirándose en una de mis obras de la serie Adonis M'esigual. ¡Qué lo disfrutéis tanto como yo!
"Serafín, más conocido como «el bombero», era muy popular entre sus amistades, y especialmente entre las que componían el sector femenino, con independencia de ser solteras o casadas. Y esto no se debía exclusivamente a su condición profesional, era más bien por lo que hacía fuera de su trabajo en la «Estación nº 16».
Claro está que, tanto unos como otras, admiraban la larga lista de vidas rescatadas de las garras de la muerte sumadas en su haber, aunque él no le diera una excesiva importancia. Secretamente, ellos le envidiaban sanamente por su carácter heroico; ellas soñaban con ser salvadas por los musculosos brazos en medio de las ardientes llamas de sus corazones.
Todos aquellos que tenían un problema acudían a Serafín que, con una paciencia infinita, escuchaba sus airados monólogos. Cuando ya el fuego poseía unas dimensiones grotescas, Serafín desenrollaba su manguera en forma de lengua y apaciguaba los ánimos con un agua llena de frases amables y coherentes.
Daba lo mismo si se hallaba de guardia en la estación o se encontraba disfrutando de los obligados días de descanso: él siempre estaba de guardia para sus amigos. Parecía que su vida estaba destinada a sofocar tanto los incendios físicos como los del amor.
La gente en general suele ser tremendamente egoísta y, pese a que le agradecían sus intervenciones conyugales, nadie se preocupó de rellenar su «cisterna». Serafín era un mortal más, pero nunca nadie se preguntó por qué no tenía pareja...
Como el tintineo al golpear un tanque vacío, las llamadas y requerimientos recibidos iban martilleando sin respuesta dentro de sí mismo. Harto del insufrible eco de ayuda, terminó por desconectar la manguera. Su semblante tornó a taciturno y apagado. Su figura comenzó a vencerse como un naranjo cuajado de frutos.
Los que un día se autodenominaron «amigos», excusaban su presencia con evasivas; los que no, simplemente le abandonaron a su suerte. Y profesionalmente, su clara apatía provocaba que su informe de promoción amontonara una pátina de polvo sobre la mesa de su superior.
Se encontraba seria y profundamente abatido. Como un alma penitente arrastra sus cadenas, Serafín portaba la manguera sin preocuparse del tintineo del racor de bronce que saltaba alegremente desde el final de la misma, al ser arrastrada. Daba pena verlo, pero más pena daban sus sombríos pensamientos.
No fue la palabra «fuego» la que despertó su eterna alerta. Más bien se trató de un «quiéreme» lo que propició que su corazón volviera a galopar al máximo de revoluciones. Todo ocurrió cuando Serafín portaba entre sus brazos otro de sus heroicos salvamentos. Un niño de muy corta edad colgaba de sus antebrazos sin dar síntomas aparentes de vida.
El incendio en una guardería muy próxima al hospital hizo que saliera «como alma que lleva al diablo» en dirección a la puerta de «urgencias». Allí, Paula, salió a su encuentro. No hizo falta palabra alguna. Los ojos de Serafín brillaban intensamente entre el hollín que completaba su cara. Ella lo recibió con ambos brazos comenzando su particular carrera de relevos hacia uno de los quirófanos. Fuera, se escuchaban en la distancia las ambulancias que partían hacia el lugar del suceso.
Serafín debía seguir el mismo rumbo, cuando una voz le reclamó en las mismas puertas de salida:
-¿Volverá por aquí? Parece que se salvará...
Era Paula la que ahora hacía brillar sus ojos con una emoción extrema de agradecimiento.
-¡Sí! Volveré... -respondió el bombero avivando las llamas que nacían dentro de la mujer-
Y así fue, como Paula sería la única responsable de volver a conectar el racor de Serafín a su propio hidrante femenino, por el que manaría caudales copiosos de amor. Por fin alguien volvió a llenar su depósito apagafuegos.
Esta historia me la contaron los compañeros que le conocieron. Siguió salvando muchas vidas y matrimonios, acabando por ser una leyenda. Se cuenta que volvió a hundirse cuando no pudo realizar su último salvamento: Paula, ya su mujer en «bodas de porcelana» y cercana a los veinticinco de las de plata, sucumbió en la terrible agonía de un cáncer. Antes de desconectar su personal y marital racor, se aferró intensamente al cuello de su amado, susurrándole en un hilo de vida:
-Serafín: nunca dejes de salvar vidas y almas. Tú lo has hecho con las mías y me has hecho eternamente feliz: Gracias, mi amor... te espero allí arriba...
Al día siguiente las sirenas de más de cincuenta dotaciones de bomberos presentes en el camposanto, hicieron sonar sus sirenas mientras el ataúd de Paula descendía los tres metros de rigor. Todas las alarmas de las estaciones de la ciudad se sumaron al unísono en un claro e inconfundible lamento. Serafín, «el bombero», supo entonces que seguiría eternamente conectado a Paula: su «boca de incendios»... su particular «bombera»".
© Alfonso Cañizares C.
Dedicado a Mar Antón,
modeladora y ceramista.

«Bombero». Serie «Adonis M'esigual»
Mar Anton Hernán-Pérez (1975- ) España

Comentarios

  1. ¡Muchas gracias, Mar, eres encantadora!
    Entre otras cosas por prestarme tus genialidades para que me «cuenten» su historia personal.
    Un abrazo enorme.

    ResponderEliminar
  2. Gracias a tí!, hacemos un buen equipo.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar

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