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La Máscara- Relato escrito por Alfonso Cañizares Cimadevilla

Aquí os dejo un nuevo relato de Alfonso Cañizares inspirándose en una de mis obras, esta vez de la serie Adonis M'esigual, y como siempre, no tiene desperdicio! Espero que os guste.
LA MASCARA
"Le supuso más, vivir la vida que su propio ánimo. Gerardo no era como los demás, era una burda y triste copia de cualquiera de nosotros: el desánimo literalmente personificado, y eso que de jóven fue una persona vivaz y dicharachera.
No había juerga en la que no se encontrara. Y digo poco: era el mismísimo centro de los divertidos alborotos y algarabías, pero ahora se iba diluyendo en sí mismo. Puede ser que fuera a causa de las lágrimas que normalmente le afloraban perfilándole sus ojos glaucos, puede ser el mar de dudas que contenían sus pensamientos o puede ser el océano de vacío que le aplastaba día a día, minuto a minuto, año tras año. Pueden ser tantas cosas que ya había dejado de pensar en ellas. Simplemente vivía respirando, con eso le bastaba.
Pero ahí se encontraba. Flanqueado por los bancos del pasillo, estaba cometiendo la última de sus pocas locuras. Quizá por ser de las pocas, quería llevarla hasta sus últimas consecuencias, aunque cada paso fuera una interior afirmación de su propio error.
Se detuvo girando la cabeza hacia atrás. Más de cincuenta pares de ojos salieron al encuentro de su mirada con el alma encogida. Unas le transmitían su congoja por una posible retirada, otras su deseo por terminar con aquella indecisión, y las menos, su fe en él. Volviendo a girar, retomó su cansino andar cambiando el tono del alfombrado pasillo con el lento arrastrar de sus pies.
Esta vez no se molestó ni en elevar su mirada. Bastaría con que dejase un rastro viscoso para asemejarse a un caracol. La sombra de la visera, inducida por las luces proyectadas sobre su negra chistera, hacía que su mirada fuera aún más triste y melancólica. En medio de ella, sobresaliendo más allá del ala del sombrero de copa, lucía una tremenda nariz adelantándose en un aviso de su tristeza; con el engaño de su brillo en una cruel trampa que aseguraba rotundamente la tintura gris de su espíritu.
Gerardo recorría cada centímetro alfombrado como si la eternidad le hubiera sido otorgada, imprimiendo en la retina la estela de su espalda encorvada que no hacía si no encubrir una oronda barriga. Sus brazos caían lacios a ambos lados con un imperceptible movimiento acompasado. Quizá este detalle fuera el único vestigio de vida que motivara el pensar su actual estancia en el mundo de los vivos. Continuó.
Fueron momentos de extrema tensión para todos los invitados que, dispuestos a lo largo de los bancos de madera, iban cambiando discretamente el pie de apoyo mientras permanecían esperando a que Gerardo concluyera su penoso camino. Con esfuerzo, trepó los tres escalones que culminaban el largo pasillo. Fue entonces cuando volvió a levantar su mirada, quitándose el sombrero: se encontraba ante el altar mayor.
Sucedió entonces algo imprevisible para muchos. Su cara comenzó a dibujar una perfecta, amplia y radiante sonrisa. Su mirar era ya menos profundo y mucho más chispeante. A su frente se encontraba la novia.
Sofía le devolvió la sonrisa mientras sus ojos destilaban una inmensa compresión y ternura. Realmente le quería. Le amaba con extrema pasión, porque ella sí era capaz de ver el maravilloso ser que atesoraba el interior de Gerardo.
Se sentía plena y dichosa al lado de un ser humano que colmaría, con creces, sus más íntimas aspiraciones en lo que espera de una persona dispuesta a compartir toda su vida. Ella siempre decía que Gerardo era «un perenne jardín de flores abiertas en un invernadero cerrado por cristales opacos». Su devoción hacia él era tal, que accedió a ser ella quien esperara al pie del altar.
Totalmente ajeno a todo su alrededor y como si no hubiera nadie más, Gerardo enderezó la espalda y tomó la mano de Sofía de la manera más delicada que se pueda ser alguno imaginar. A continuación, mirándola fijamente a los ojos declamó, tan audiblemente como fue capaz para que su voz llegara hasta el último de los bancos:
- ¡SÍ: QUIERO...! ¡Y SIEMPRE SERA ASÍ!
Finalmente, tomándola entre sus brazos, la besó con un amor infinito ante el estupor del sacerdote que aún no había podido comenzar la ceremonia".
© Alfonso Cañizares C.
Dedicado a Mar Anton,
escultora y ceramista.

Comentarios

  1. Muchas gracias, Mar. No merezco tanto. Son tus manos las que crearon el texto y tuyo es, en justicia, el mérito.
    Un beso grande "monstrua"

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