(190) EL PODER DE LA IMAGINACION- Relato escrito por Alfonso Cañizares Cimadevilla

Aquí os dejo este pedazo de relato escrito por Alfonso Cañizares Cimadevillainspirándose en mi obra "DESTINO". ¡Espero que os guste tanto como a mí!

"Esto no es un relato de amor. ¡No! Ni tampoco de terror aunque no sabría bien dónde situarlo. Cada vez que cuento esta historia real me sucede lo mismo. En cualquier grupo de amigos siempre hay alguien que me hace la misma petición para solaz de aquellos que no la conocen aún.
Lo mejor es tratar esta situación como una más... Al final, si me está leyendo en estos momentos, supongo que somos amigos o, cuando menos, conocidos en mayor o menor grado de amistad. Algo así como «primos lejanos». ¡Sí!: Dejémoslo así.
Por dejar todos los cabos atados: en el caso que no fuera ni la una ni la otra, espero que al final de relatarle mi historia tengamos cierta complicidad y me ayude usted, también, a resolver este enigma. Los demás no lo han logrado aún...
El nombre del protagonista -siempre escojo el de alguien del círculo de oyentes- es lo de menos, pero vamos a decir que la historia -repito: real- gira en torno a Jeremías. Creo que es el nombre que más se acerca al que me dijo aquel... aquel... «sujeto». No es la palabra más adecuada así que lo dejo en sus manos.
¡Jeremías! ¡Eso es! Bien, pues Jeremías vino a mí de la manera más insospechada. Era un día lustroso como el de hoy, por lo que había decidido aprovechar el tenue y agradable calor que irradiaba el sol. El tráfico se había intensificado algo a mitad de la mañana, así que tomé la primera calle que se puso a mi alcance. Con el mismo espíritu que rige para las muñecas rusas, -esas de madera que se pueden instalar una dentro de la siguiente y así sucesivamente- fui abandonando calles en mi paseo tomando siempre la primera más estrecha independientemente de su dirección.
Fue así como me encontré en una estrecha callejuela en la que el único viandante era yo. La acera difícilmente podría abarcar un carrito de bebé y su horizontalidad respecto al firme central adoquinado dejaba algo más que desear.
Sobre el suelo se manifestaban unas sombras difusas. Miré hacia arriba y adiviné su origen. Decenas de cuerdas para tender, cruzaban de una ventana a la otra opuesta en la fachada contraria. De ellas pendían todo tipo de ropas: sábanas, manteles, jerséis, camisetas con todos los grafismos que uno quiera imaginar y algún que otro mono de trabajo porque, no lo he dicho aún, era la mañana de un sábado.
Alcancé a ver, sin ningún tipo de pudor propio ni ajeno, unas braguitas blancas muy sugerentes que colgaban como un emblema de lasciva juventud y un poco más allá, dos alturas más abajo, otras que ondeaban como la enseña de un buque insignia. Lo más llamativo no era su tono azul desvaído, seguramente debido a las muchas acciones de una exculpatoria lejía, sino al tamaño de las mismas. Costaba imaginar que hubiera mujer que pudiera rellenarlas en toda su amplitud. Solamente el acto reflejo de imaginarme a su propietaria como Dios la trajo al mundo, me turbó.
Lo que si reinaba era una silenciosa escena en la que se impregnaban los efluvios de varias modalidades de suavizante con la fresca humedad de la ropa limpia. En su conjunto aliviaba claramente el tortuoso andar que infringía el transitar sobre los adoquines, ya que la inclinación de la acera me acababa por devolver a estos.
Cuando quise darme cuenta, estaba en una estrecha encrucijada de calles verdaderamente angustiosas. La luz se había atenuado, en parte por las coladas tendidas, de tal manera que había que leer dos veces el rotulo de cada pequeño y minúsculo comercio. Opté por la dirección en la que me guiaron mis pasos y me detuve ante una singular tiendecita. Unos pequeños volúmenes en su raquítico escaparate aseguraban que se trataba de una librería. Adentrarse en una es siempre una aventura.
Abrí la desvencijada puertecita de madera que golpeó una pequeña campanita produciendo un inquietante tintineo. Allí no había nadie y, a juzgar por el polvo que se acumulaba por encima de los vetustos libros expuestos, no lo había habido en mucho tiempo. Supuse irónicamente que el dueño habría ido a comprar una gamuza o un plumero y no tardaría en volver, por lo que comencé a investigar los títulos de aquellos cientos de libros.
Debido a su antigüedad era necesario ir abriéndolos uno a uno para leer, en una de sus primeras páginas, el título y el autor del cada ejemplar. Esto me mantuvo intensamente ocupado durante el largo tiempo que ya me suponía la ausencia del librero. Perdí la noción del tiempo invitándome cada uno a leerlo. De haber contado con una bebida y un aperitivo, seguro que me hubiera instalado en la silla vacía, presumiblemente del dueño.
Me sedujo un montón de los libros que se apilaban sobre un tablero al fondo de la tienda. Se trataba de unas obras encuadernadas especialmente y distintas al resto de las que poblaban el resto de aquel local. Al acercarme, lo primero que sentí fue unas irrefrenables ganas por tomar uno y pasar a su lectura. De esta manera, estaba a punto de abrir uno que me atraía especialmente cuando algo llamó mi atención.
Un movimiento casi imperceptible de uno de ellos que yo disculpé como una bajada de glucosa en mi sangre, pero no fue así. Aquel volumen parecía tener vida propia consciente de la proximidad de mi mano. Era un grueso libro de gastadas tapas de cuero que permanecía cerrado gracias a dos lengüetas de bronce dispuestas en su canto largo.
Los movimientos se hicieron más convulsos y pensando en una mala pasada de mi imaginación, vi cómo se dibujaban unas pequeñas manos sobre el interior de la encuadernación, apareciendo acto seguido la silueta de una rodilla y lo que se podría adivinar como la cabeza de la figura completa que ya era francamente notable.
Tuve miedo porque aquello no era producto de una fantasía. No cuando además se escuchaba una voz amordazada desde su interior suplicando que me alejase de allí. Tal fue su insistencia que el pánico hizo presa en mí para salir corriendo de aquella extraña librería.
Alocadamente y con una extenuante falta de aliento, no sé cómo, regresé a la avenida donde comencé mi caminata. Más calmado y entrelazando las imágenes de las que había sido testigo, pude conjeturar que quien clamaba desde el tomo no podía ser otro que el librero, prisionero de su enorme y desmedido afán por la lectura...
En otras ocasiones he intentado, en vano, localizar en compañía ese establecimiento retornando sin ningún éxito. Actualmente sigo leyendo, procurando que los ejemplares no sean muy antiguos y tengan siempre la cubierta blanda. Una que me permita una fácil escapada cuando la historia que léa me atrape entre ella y mi imaginación".


© Alfonso Cañizares C.

Dedicado a Mar Antón (Ceramista)

"Destino" 
Mar Anton Hernán-Pérez (1975- ) España

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