Relato: "BENDITA CURIOSIDAD INSACIABLE..."- por Alfonso Cañizares Cimadevilla

"Verdad absoluta"
Una vez más Alfonso Cañizares Cimadevilla (https://www.facebook.com/alfonso.canizarescimadevilla?fref=photo), me sorprende con un magnífico relato inspirado en una de mis obras. 
Espero que os guste tanto como a mí.

"- A ver aquí... este pone... -comentaba en voz alta, para sí, Pedrito mientras hojeaba un libro muy grueso sacado de la biblioteca del salón- ...«En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo...»
- No. Este ahora no. Parece interesante, lo dejo para la semana que viene.
- ¿Y este? -se preguntaba irónicamente, al pasar dos páginas más a la derecha-
«Cuéntase que la antigüedad hubo un rey entre los reyes de Sassan, en las islas de la India y de la China...» Intrigado, miro el encabezamiento de la página «Las mil y una noches»
- Suena a aventuras en lejanas tierras, pero cuando las lea todas habrán pasado... -calló mientras contaba con los dedos de ambas manos- ¡Casi tres años! Será mejor que le pida a Papá que me cuente una cada noche antes de dormirme.
Sus pequeños dedos inquietos, separaban el espacio justo entre las hojas para escrutar fugazmente su contenido, tanto hacia la izquierda como a la derecha de la suave curva que dibujan las páginas, el canto principal de un libro encuadernado.
«El 2 de febrero de 1873, el bergantín goleta Pilgrim hallábase...» -volvió a mirar a la parte superior de la hoja- «Un capitán de quince años». Los ojos de Pedrito se abrieron desmesuradamente mientras volvía a murmurar:
- ¡Halá! ¿Sólo quince años? Esa es una fecha muy antigua... tendré que preguntar al abuelo.
Sus dedos corrieron ágiles sobre el canto del libro como los dedos de un pianista sobre las teclas de un piano. De repente, se paralizaron como el hocico de una raposa cuando acaba de detectar una presa. Leyó: «Alicia empezaba a cansarse de estar allí sentada con su hermana a orillas del río sin tener nada que hacer»
Estaba claro que ella iba a ser la protagonista. Pedrito siempre había querido tener una hermanita con la que jugar las tardes solitarias de domingo mientras sus padres dormitaban en el salón: uno en un sillón y el otro medio recostado sobre los almohadones del sofá. Obediente, lo máximo que se alejaba era a su cuarto y a la sala de estar que tenía tres paredes literalmente forradas de libros. Eso sí que era una trepidante aventura para Pedrito. Aún no se sabía todos los títulos y menos la totalidad de autores, pero se sentía abrigado por el dulce silencio que amortiguan sus lomos y por el fino olor que destilan las hojas leídas en más de una ocasión.
Se imaginaba, como si fuera uno de los personajes de Emilio Salgari atravesando una jungla en la que la profusa vegetación se compusiera enteramente por ejemplares escritos. Así, dando imaginarios machetazos con el brazo y ayudándose de ruidos guturales, iba de una esquina a otra intentando encontrar, lo que él llamaba, «El tesoro de las letras».
Esa tarde, detrás de unas novelillas policiacas y decrépitas por el uso que sabía compradas por sus padres en una «librería de viejo» muy cerca de su casa, halló un grueso volumen muy antiguo con un cierre sellado por un pequeño candado. Su curiosidad se acrecentaba vertiginosamente a la vez que bajaba los peldaños de madera de la pequeña escalera que se apoyaba en los estantes. Sentado ya en el suelo, empezó a indagar su contenido por uno de los costados.
Sus deditos volvieron a hurgar entre las hojas. «La máquina del tiempo - H. G. Wells»
- ¡Jolines! -se le escapó en voz alta mientras gesticulaba rápidamente, de arriba abajo, con su mano derecha henchido de emoción- ¡Esto sí que debe ser toda una aventura!
No se lo pensó más. Corrió a su cuarto y sacó la caja de un juego que rezaba en un lateral: «Meccano». Después de abrirla, tomó un pequeño destornillador volviendo con él a la sala de estar. Sus padres seguían adormilados. Con decisión, lo metió por el abarcón del candado. Tras un chasquido se abrió, y con él, el libro.
Con los ojos totalmente abiertos desmesuradamente por la emoción, sus manos recorrían las letras de cada página. El niño recordaba vagamente a las ilustraciones infantiles del cuento de «Alí Baba y los cuarenta ladrones» en el momento de entrar en la cueva de los secuaces...
El acompasado pisar de un solo zapato a su espalda, le sacó inmediatamente de su ensoñación. Volviéndose con cautela y sin levantar aún la vista, se topó con lo que reconocía como el zapato de su madre moviendo rítmicamente la puntera sobre el piso del parquet. Desconocía cuánto tiempo llevaba allí observándole.
Con la angustia atenazando su garganta, su vista empezó a recorrer la estatura de su madre: primero los tobillos a los que siguieron las rodillas que amanecían sobre el bajo de una falda. Su vista continuó escalando: un estrecho cinturón de fantasía, el comienzo de una blusa y los codos de dos brazos cruzados. Comenzó a sudar copiosamente. Asomándose entre los pechos que le criaron, aparecía la cara de su madre con un gesto de falso enfado, a juzgar por la sonrisa que dibujaban sus labios pese al enjuto gesto de sus cejas.
- ¡Vaya, Pedrito...! Era tu regalo de cumpleaños... -le dijo ya agachada a su lado mientras le daba un beso en el pelo-
Pedrito explotó de una vez entera, desgallitándose mientras su dedito señalaba en libro que yacía sobre sus piernas cruzadas:
- ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Lo he encontrado! ¡He descubierto «El tesoro de las letras»! -repetía sin cesar-
A día de hoy, y casi cincuenta años después de aquel domingo, Pedro no puede evitar una sonrisa melancólica mientras una lágrima resbala silenciosamente sobre su mejilla. Todavía no ha terminado de contar el botín..."
© Alfonso Cañizares C.
Dedicado a Mar Anton Hernán-Pérez, ceramista y escultora
"Verdad absoluta" (Cerámica)
Mar Anton Hernán-Pérez (1975- ) España
https://www.facebook.com/marantonceramicaymadera
http://www.ceramicaymadera.com/
http://www.maranton.net/

Comentarios

  1. Muchas gracias, Mar. Pese a repetirme en mi reconocimiento, la obra plástica ya lo dice casi todo. ¡Enhorabuena! Me acutivó desde el primer momento. Un abrazo.

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