(156) EL COLUMPIO DE MI SALON.- Escrito por Alfonso Cañizares Cimadevilla

Aquí os dejo un nuevo relato escrito por Alfonso Cañizares Cimadevilla, inspirado en mi obra "OTOÑO EN EL PARQUE", espero que os guste tanto como a mi. Podéis leer más relatos en su página de Facebook.

"Cuando me levanté ese día, no lo quise ver, pero estaba ahí: al otro lado. No hubo más remedio que aceptarlo.
Tras las amplias cristaleras del salón era obvio que se trataba de un lunes plomizo, frío e invernal. El cielo amenazaba lluvia y allí estaba yo: frente al piano de cola. Con las dos tapas levantadas y saltando con los dedos entre teclas negras y blancas, aunque no había manera de componer nada decente.
Mis dedos quedaron trabados, entonces, entre dos notas, dos tonos contrastados... dos teclas consecutivas dentro de la misma escala a la que se sumaba una observadora tercera desafiando el «apartheid»: dos blancas y entre medias, como un juez severo, una negra arbitrando desde arriba.
Pensé en la similitud abstracta con ciertas personas -que no razas- de la vida real: mientras la blanca sólo ostenta el nombre de su propia nota, la negra se hace llamar de formas diferentes, dependiendo de la tecla blanca aledaña a la que se refiera. Si la nota blanca anterior es «Sol», cuando se refiera a ella será «Sol sostenido», mientras que si mira al futuro, será «La bemol». Un verdadero y tangible «Juicio de Salomón» por decidirse en nombrar a una de las dos teclas que rinden a sus pies; mientras mis dedos, a modo de jurado, coqueteaban con cualquiera de las tres teclas.
Tocaron los primeros sonidos sobre los cristales anunciando las primeras gotas. Curiosamente, sonaban igual que el trío de teclas que pulsaba bajo mis dedos. Me levanté de la banqueta acercándome a una de las cristaleras que separaba extrañamente de techo a suelo. Y digo extrañamente porque, a no ser por el vaho que formaba mi respiración sobre el límpido cristal, no sabría diferenciar entre «dentro» y «fuera».
Las primeras lágrimas gruesas acabaron resbalando creando una fascinante cortina sobre el vidrio. Se hubiera podido jugar a las «carreras de gotas» a ver cuál llegaba antes al suelo, pero era más importante pensar en mi próxima composición.
Miré hacia el interior en busca de inspiración. A mi izquierda una gran esquina encofraba parte de la cocina. Apoyado en una de las dos paredes sigue estando un largo mueble bajo, sobre el que descansan algunas obras de arte, un jarrón de cristal tallado a mano cuajado de flores del jardín y aquella gran radio antigua que siempre me ha gustado tanto. Blancas las paredes, cerezo oscuro el mueble. Sus ligeros tonos rojizos rompen con la monotonía y resaltan todo aquello que sea colocado encima.
Así estaba, a tres metros de mí, el detalle que trajo Mar al convite que realicé en mi pasado cumpleaños. Sabedora que me encantan sus fascinantes obras plásticas de arte, me obsequió con esta, que no dude en colocar en un sitio predominante del salón.
Un grueso rectángulo de cerámica, a modo de marco, con el mismo ancho que profundidad. Está compuesto por cientos de cordoncillos color crema sinuosamente entreverados. En la parte interior, a falta de una fotografía que haría las veces en un portarretratos, cuelga un pequeño columpio de madera sujeto con unas cadenitas de hierro negro. Rematando la obra, por un lateral y en su parte superior, la cubren unas hojas parduzcas de oxidada hojalata que no hacen sino darle vida y naturaleza otoñal.
No falla nunca: cada persona que visita la casa le acaba dando un empujoncito a la tabla del columpio y si lo hicieran a escondidas, el final de su pendular acaba por delatarles. Yo lo suelo hacer cuando debo concentrarme en mis pensamientos o busco equilibrio sentimental.
Así fue también en esa ocasión. Tome una silla de la mesa que domina un flanco de los ventanales y la acerqué hasta allí. Como quien prepara una venturosa velada, me serví previamente una copa y acerqué un cenicero, horadado en una geoda, cerca del columpio.
Mar no me hubiera permitido nunca echarle el humo a la figura con ánimo de mecer su interior. Se la hubiera llevado de inmediato por muy regalada que esta hubiera sido. Resignado y consciente de que su espíritu pudiera vagar por las inmediaciones de la figura, la empuje con el índice derecho.
Atrás, adelante, atrás, adelante, atrás... Totalmente hipnotizador, pero en cada venida la tabla volvía vacía. De repente, escuché una tonada. Descubrí que no era una musa ni un hada de los bosques porque reconozco ese tono.
Fue una suerte encontrar esa casa de una planta sola, donde la ausencia de escaleras compensa recorridos algo más largos y el sonido llega más claro y directo. Era mi mujer que canturreaba desde la cocina. A los dos nos encanta cocinar y ese día se me había adelantado.
Presté atención a los compases que llegaban suaves y distantes, igual que los aromas de lo que se estaba guisando. De inmediato, me senté en la banqueta nuevamente e intenté seguirla. Notaba como los sonidos entraban por mis oídos y, recorriendo mi cuerpo, acababan en la punta de mis dedos.
Poco a poco, al repetirse la tonada, fui añadiendo notas armónicas para formar los acordes. Al rato, cuando aquello ya tenía forma de composición completa, grité desde el piano:
- ¡Niña! Eso que cantas ¿Dónde lo has escuchado...?
- Me lo acabo de inventaaaar -se oyó desde la cocina-
- ¿Te importa? -pregunté tímidamente-
- Nooo. Quédatelo, te suena muy bien. -terminó por declamar el eco de su voz-
Así acabé con un día terco y vacío. Un lunes plomizo, frío e invernal donde la música no se dejaba encontrar a este lado de los cristales. Hubo que esperar a que ella, la música, decidiera llegar hasta mí de alguna manera. Tiene su compás, como el columpio; por ello siempre hay que aguardar a que regrese en su tabla después de haberle dado un pequeño impulso. Es cuestión de paciencia.
Dicen de nosotros, los músicos y escritores, que componer y escribir es estar en un perpetuo estado de ingravidez permanente, deseando no volver a pisar nunca la tierra. Aunque una vez atrapada la idea, haya que pisar fuerte el suelo con los dos pies".
© Alfonso Cañizares C.
Dedicado a Mar Anton Hernán-Pérez, ceramista y escultora
¿Te gustaría adquirir esta obra? Ponte en contacto conmigo vía e-mail ceramicaymadera@hotmail.es o pincha en el siguiente enlace: http://www.artelista.com/obra/1521806240631633-otono-en-el-parque.html
"Autumn in the park (Otoño en el parque)" (Técnica mixta: Cerámica, madera y hojalata)
Mar Anton Hernán-Pérez (1975- ) España
https://www.facebook.com/marantonceramicaymadera
http://www.ceramicaymadera.com/
http://www.maranton.net/

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