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"SE LE OLVIDÓ" por Alfonso Cañizares Cimadevilla

Sé poco de Alfonso Cañizares Cimadevilla, salvo que nuestros caminos se cruzaron por ¿casualidad? hace poco en la red, y que nos ameniza prácticamente todos los días con los relatos que escribe y publica en su página de facebook https://www.facebook.com/alfonso.canizarescimadevilla. Relatos, la mayoría de ellos inspirados en obras de arte de antes y de ahora.

Hace unos días, me propuso escribir una historia inspirándose en una de mis obras, la que yo eligiera. Me decanté por "The Shelter" (El refugio), y esperé con impaciencia su publicación. Este ha sido el resultado, espero que os guste y emocione tanto como a mí. ¡Gracias Alfonso!



"SE LE OLVIDO

- ¡Ricaaaardo!!! -clamaba su madre desde la puerta de la cocina-

- ¡Jó! ¡Ya estamos otra vez! Siempre cuando estoy en lo mejor de mis juegos... -murmuraba Ricardito-

- ¡Ya voooy, Mamá! 

Y dejando «a regañadientes» sus juegos, empezaba a arrastrar sus deportivas por el pasillo. Esta vez, no le daría una patada al canto de la puerta de su cuarto: aún se acordaba de lo que duele...
- ¡Queee, Mamá! -exclamaba mirando con desgana al suelo desde la puerta de la cocina-

- ¡Toma hijo! Te he preparado unos canapés de foie-gras con queso Gruyere. Esta vez les he puesto un par de alcaparras a cada rebanada... Verás que ricas están y así aguantas hasta que termine de hacer la comida.
Ricardito contaba entonces con doce años. Todavía desconocía el valor de la buena comida y del amor escondido en los pequeños detalles. Se distanciaba bastante, en edad, del resto de hijos de Herminia y eso era motivo suficiente para ser el centro de atención de su madre. Sus hermanos decían de él, no sin cierta envidia, que era su «niño mimado».

Ricardito, con los años pasó a ser Ricardo, y con otros más: don Ricardo. Tratamiento que le proporcionó su tercer empleo, después de terminar la carrera. Ricardo ya obtuvo de su madre el alquiler de un apartamento, exclusivo para él, cuando cumplió los veintiún años. Más tarde, lo canjeó por otro mayor en una zona residencial, acorde con su recién estrenado «don», el cual Herminia seguía pagando religiosamente.

El padre de Ricardito, había fallecido cuando conservaba aún este nombre, dejando a su viuda en una situación económica nada despreciable y permitiéndola seguir pagando los caprichos del niño.

Tras una serie de oscuros devaneos, que él llamaba «novietas», llegó aquella que calzaba la misma talla que don Ricardo, pero algo más prieto. La chica valía un «potosí», además de ser una belleza. Las rozaduras y los juanetes dieron al traste con su posterior matrimonio. Mil veces intentó que su mujer le tratara como su madre, pero su madre era su madre y su mujer... su mujer.

Tres hijos se llevó la chica, además de una holgada sentencia de divorcio traducida en las dos casas -la urbana y la serrana-, joyas y una pensión compensatoria que, entre otras cosas, les permitía a los niños una enseñanza privada.

Don Ricardo mellaba cada fin de semana en su lujoso apartamento donde acababan sus citas nocturnas. De mañana, se preocupó de medrar lo suficiente para ir escalando puestos en diferentes empresas y consejos de administración.

Herminia se deshacía, en ella misma, al pensar que su Ricardito se las tenía que componer el sólo en una casa. Imagen muy distante de la pura realidad.

- ¡Hola, hijo! ¿Cenaste bien ayer con la comida que te llevé? Husmea en la nevera que te dejé para toda semana. -le llamaba con regularidad insistente su madre-

- ¡Siiii! -respondía don Ricardo al frente de la mesa para la junta de accionistas- cuando regrese a mi despacho, Sr. García, le mandaré el contrato de inversiones...

Claro que esto nunca sucedía, porque ni era el señor García, ni existía tal contrato y, lo más grave: nunca devolvía las llamadas al presunto señor García. Su madre suspiraba y entendía que su hijo era una persona tan importante que aquellas minucias eran cortapisas en su día a día. Herminia se contentaba con oír su voz, ya que tampoco la visitaba.

Pasó el tiempo y el de Herminia también. Don Ricardo acudió un cuarto de hora a su funeral, coincidente entre dos importantes reuniones con altos puestos políticos. En prueba de su asistencia mandó encargar, a una de sus secretarias, una pomposa corona de flores que decía algo acerca del «dolor de hijo» sobre una banda morada.

Años más tarde, durante un cambio de gobierno, afloraron los oscuros negocios de don Ricardo, teniendo como única solución, la dimisión de todos sus cargos si quería evitar la cárcel.

Ya no estaba su madre para consolarle. Aquello fue un duro revés que precipitó la dilapidación de sus ahorros en juergas y borracheras. Y así, fue mudándose descendentemente de apartamento en apartamento. Nadie quería saber de él, salvo si costeaba la cena o las copas.

Un día, sobre una caja de cartón, aparecieron las llaves de la casa de su madre. Se había olvidado, por completo, de su madre y de la casa que ella le legó tras indemnizar a sus hermanos. Desesperado, con lágrimas de pura rabia en los ojos y aprisionando bien las llaves en su mano hasta que sus nudillos acabaron del color de la nieve, decidió ir a la casa.

No podía volver en el utilitario que conducía ahora... el portero era un chismoso. Tomó un taxi y con aires suficientes, llego hasta la puerta de entrada en el cuarto piso. La puerta cedió con algo de dificultad chillando por falta de uso al franquearla. Subió los interruptores del cuadro de la luz y se entretuvo en ir subiendo todas las persianas de la casa.

Allí sólo había silencio, soledad y eco, al no haber muebles que fueron parte de la «moneda de cambio» para sus hermanos. La luz se filtraba radiante, pero al llegar al suelo se difuminaba sobre la espesa capa de polvo. Una vez en, lo que fue, su cuarto, no pudo más: lloró largo y amargamente al descubrir que había vuelto, muchos años después, peor de lo que se había ido. Fuera habían quedado su estima y su orgullo, su soberbia y sus sueños. Allí sólo quedaban sus felices y despreocupados recuerdos impregnando aún las paredes vacías, salvo por una pequeña escultura que debieron olvidar los hombres de la mudanza.

Se trataba de un grueso anillo en forma geométrica de toro cuadrangular y formado por cientos de intrincados «spaguettis» de cerámica blanca, descansando sobre una corteza de olmo. En la parte interior de la gruesa circunferencia, colgaba un pequeño nido trenzado con tallos de mimbre. En su interior, unos pequeños huevos también de blanca cerámica: tantos como hermanos eran.

Ahora sí recordaba exactamente la frase que pronunció su madre cuando se lo obsequió:

- ¡Hijo! Algún día volverás. La vida es un círculo. Volverás a esta casa... volverás a tu refugio. No estaré ya aquí, pero esto te lo recordará y entenderás cuanto te quiso tu madre..."

© Alfonso Cañizares C. 

Dedicado a Mar Anton Hernán-Pérez, ceramista y escultora
https://www.facebook.com/alfonso.canizarescimadevilla/posts/871610146269628

"The shelter (El refugio)" (Técnica mixta: Cerámica y madera) 
Mar Anton Hernán-Pérez (1975- ) España
https://www.facebook.com/marantonceramicaymadera
http://www.ceramicaymadera.com/
http://www.maranton.net/


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